Javinspiraciones

Estas son algunas historias que he escrito, las cuales espero sean de su agrado. Desde ya, gracias por visitar este blog, acepto comentarios, críticas u opiniones.

En el bar Octubre 16, 2008

Archivado en: cuentos — javinspiracion @ 7:00 pm
Tags:

Ignacio era gerente de recursos humanos de una petrolera en Comodoro Rivadavia, ese viernes estaba en Buenos Aires, durante tres días habían tenido una reunión con personal superior de todo el país. Cuando finalizó la cena organizada por la empresa, él no tenía ganas de encerrarse en el hotel y extrañar a los suyos, decidió caminar un rato por la ciudad que lo vio crecer. Estaba vestido muy elegante con un ambo azul, una camisa blanca y corbata que le hacía juego.

Pasó frente a un bar donde sonaba un piano, entró y fue hasta a la barra, se sentó en una banqueta alta, pidió un whisky, se puso a fumar un cigarrillo, si bien estaba cómodo, al tomar el primer sorbo, le agarró un ataque de melancolía, no estaba acostumbrado a estar sin compañía.

Vio que aquel hombre bastante mayor cerraba el piano, se ponía un abrigo y salía a la calle. Se quedó escuchando conversaciones perdidas, vio en una mesa pegada a la ventana a una chica sola y llorando, le extendió la tarjeta de crédito al barman, firmó, respiró profundo tres veces para tomar coraje y se levantó.

Se acercó a la mesa donde estaba ella, corrió la silla y tomó asiento, la mujer se sorprendió, acomodó sus cabellos con los dedos, se secó las lágrimas. Él al verla le dijo con suavidad:

-disculpá mi atrevimiento, pero como los dos estamos solos, me pareció una buena idea que tomemos un trago juntos y charlemos un rato –señaló la ventana –hasta que pare la lluvia.

-No es mi mejor día, acepto, pero solamente charlar y nada más, no espere otra cosa de mí.

Ignacio llamó al mozo y le dijo a ella:

-Pedí lo que quieras yo te invito, sin ninguna otra intención que hacernos compañía.

Cuando el mozo se acercó él le dijo:

-Para mí traígame un Caballito Blanco.

-Yo quiero un café vienés -dijo ella.

Ignacio la observó, era una chica de unos treinta y pico de años, estaba vestida sencilla, con una polera negra y un pantalón del mismo color. Se le notaba que no estaba de levante.

Él comenzó la charla:

-Me llamo Ignacio, vivo en Comodoro Rivadavia, estoy aquí por una reunión de trabajo, mañana si todo anda bien con los aviones,regreso a mi casa.

-Yo me llamo Magali, vivo a tres cuadras.

El mozo les trajo las bebidas.

Ignacio la observó un poco inquieta, le dijo:

-Quedate tranquila, no tengo ninguna intención de violarte. Vi que estabas llorando.

-Si, lo que ocurre es que hoy me peleé con mi pareja, resultó ser un vago, yo trabajo de secretaria y él no hacía nada, es músico, toca de vez en cuando en algún boliche y no me ayudaba en casa.

Ignacio jugó un momento con los cubitos de hielo y le dijo:

-Tengo muy presente a esos vagos, soy gerente de recursos humanos, tengo que manejar a cuatrocientas personas.

-No aguanté más y le dije las cosas como son –estaba empezando a llorar de nuevo.- No se que hacer, si quedarme sola o buscarlo y hablar.

-¡Pero vos lo querés!

-Si.

-Lo que te puedo aconsejar es que solucionen este mal momento y sigan juntos, pero con cama afuera.

-Es una buena alternativa, yo lo quiero porque es tan romántico y dulce, me hace bien. Muchas gracias.

-Me alegro que te haya sido útil, me hace bien poder ayudar a otras personas, todos los días trato de hacer algo bueno para los demás por eso tengo encontronazos con aquellos que no entienden esta filosofía de vida.

Ignacio le dio una tarjetita y le dijo:

-Allí tenés mi teléfono y mi dirección de correo electrónico, en unos días contame, que resolvistes.

-Parece que paró de llover.

-Si, me voy a mi departamento.

-Esperá, te acompaño.

Ignacio llamó al mozo. Ella estaba buscando el dinero en su cartera, él le dijo:

-No, dejá era yo quien te invitaba, total paga la empresa.

Sacó la tarjeta de crédito y se la dio al mozo.

Salimos a la calle y la acompañé hasta la puerta de su edificio. Me agradeció la compañía, se despidió dándome un piquito, entonces le dije:

-No te olvides de mí.

-Quedate tranquilo te voy a mandar un email.

La vi cuando entró, me fui caminando hasta el hotel, me puse a pensar en mi mujer y mis hijos, en lo valiente que fui.

Javier Zampieri

 

Leave a Reply